Como les comenté antes, estoy trabajando en un call center. A veces recibo llamadas, y otras veces quien llama soy yo. Yo sé que es por un motivo noble y la mar en coche, que no vendo cosas ridículas ni juego sucio, pero básicamente molesto a mucha gente.
Ayer, en un acto de justicia divina, fui yo la receptora de un llamado molesto. Para compensar de una sola vez toda la molestia que yo he generado en varios días de trabajo, el teléfono sonó primero a las 3 am, después a las 3.05 y por último a las 4. Alguien que hablaba en árabe y yo, entre incrédula y furiosa, creo que aullé - pero no podría afirmarlo. Creo que lo que dije no lo aprendí en ninguna clase de idiomas, esas con las que fanfarroneo de vez en cuando.
Me costó dormirme de vuelta, para despertarme a las 6.30 am (es la hora a la que me levanto los días que trabajo) y estuve de malhumor el resto del día.
Suerte que no trabajo manejando un camión de basura, o una barométrica. O tomando muestras en un laboratorio clínico. No quiero ni pensar cuál hubiera sido la venganza.
jueves, 13 de agosto de 2009
martes, 4 de agosto de 2009
Ejercicio 4: Comprensión auditiva
Cuando mi hermana y yo éramos chicas, y los domingos de tarde salíamos a caminar con mi padre, mi gran preocupación era que me resultaba difícil la matemática de la escuela. Todo el mundo hace las cuentas más rápido que yo, y además a veces me salen mal, era mi queja. (Si mi infancia hubiera sido en un lugar como Minnesota no hubiera tenido ese problema, porque acá se hacen concursos de deletreo, Spelling Bees, y tienen mucho más prestigio entre los niños que poder calcular mentalmente 72/8 rapidito).
Pero bueno. En uno de esos paseos mi padre me dijo que no tenía que preocuparme en ser la más rápida o querer tener los deberes todos bien porque sí, sino que la importancia de la matemática (para alguien de 8 años) tenía que ser si me alcanzaba la plata en el almacén, y cuánto tiempo tenía que ahorrar cuánto dinero para comprarme algo (una muñeca o un libro, la cúspide de mis ambiciones de entonces). Lo importante es cómo uno se las arregla en la vida real, me dijo, mientras nuestras piernas tragaban cuadras y cuadras.
Flash forward, una década más tarde, la que pasé casi íntegra estudiando dos idiomas al mismo tiempo, y durante algún tiempo tres. Siempre fui una buena alumna en lenguas extranjeras, pero mis notas no deslumbraron casi nunca. En parte por un método privado de aprendizaje (ningún misterio: absorbía como una esponja en clase y nunca hice un deber hasta los cursos más avanzados) que no sé muy bien por qué no era muy popular entre mis profesores, y en parte porque en una de las cuatro pruebas, siempre pinchaba.
Básicamente, los cursos de lenguas extranjeras se estructuran en torno a cuatro competencias lingüísticas: expresarse por escrito y oralmente, y comprender lo que uno lee y escucha. Como siempre leí muchísimo y tengo buena memoria para el vocabulario, armé las otras alrededor de esa; aprendí palabras leyéndolas primero, y escribí (ideas, oraciones, casi párrafos enteros) acordándome de algo que había leído antes. Pero la comprensión auditiva siempre me resultó dificilísima; me distraía en cuanto la profesora apretaba PLAY, y nunca pude mirar una película sin leer los subtítulos. Me presenté a un examen que era sólo de comprensión auditiva, y perdí. Pero aunque el malhumor de haber perdido ese examen me duró como ocho años (cuando se me pasó fui y lo dí de nuevo y salvé), nunca me preocupó mucho eso de no tener muy buenas notas a causa de tener una zanahoria en la oreja, porque en definitiva, lo importante es cómo uno se las arregla en la vida real.
Flash forward, otra década más tarde. Seguí mi rumbo lejos de las aulas, las notas, cursos, exámenes y demás parafernalia estudiantil. En pleno apogeo de la vida real llevo un año y medio inmersa en inglés y sigo sin entender demasiado cuando tengo que hablar por teléfono o hay gente hablando en la radio. Digamos que no me canso mucho tratando, pero en algún lugar de mi cabeza siempre estuvo la pregunta, ¿y si yo realmente... realmente, me esforzara?
Y entonces, en un giro imprevisto de los acontecimientos y las reglas predominantes en el orden del universo y el movimiento de los planetas, en el día de hoy la vida real se encargó de responder mi pregunta.
Empecé un empleo temporal en un call center que atiende llamadas en inglés y francés recolectando información sobre clientes de un fabricante de electrodomésticos europeo. Cierta línea de productos tiene un controlador defectuoso y los clientes tienen derecho a un service gratis cambiando la pieza en cuestión, así que básicamente se trata de anotar nombres, apellidos, números de teléfono, direcciones en Estados Unidos o Canadá (después la empresa contratante maneja esa información), y no, no tengo que preguntar, señora, ¿está segura que lo enchufó? Son ocho horas por día, tres veces por semana, en una oficina que queda lejísimo de mi casa pero manejando no es tanta transa.
Me destapo la oreja, y encima, me pagan. ¿No hubiera estado bueno que me pagaran, allá hace años cuando estaba preparando el Proficiency?
Pero bueno. En uno de esos paseos mi padre me dijo que no tenía que preocuparme en ser la más rápida o querer tener los deberes todos bien porque sí, sino que la importancia de la matemática (para alguien de 8 años) tenía que ser si me alcanzaba la plata en el almacén, y cuánto tiempo tenía que ahorrar cuánto dinero para comprarme algo (una muñeca o un libro, la cúspide de mis ambiciones de entonces). Lo importante es cómo uno se las arregla en la vida real, me dijo, mientras nuestras piernas tragaban cuadras y cuadras.
Flash forward, una década más tarde, la que pasé casi íntegra estudiando dos idiomas al mismo tiempo, y durante algún tiempo tres. Siempre fui una buena alumna en lenguas extranjeras, pero mis notas no deslumbraron casi nunca. En parte por un método privado de aprendizaje (ningún misterio: absorbía como una esponja en clase y nunca hice un deber hasta los cursos más avanzados) que no sé muy bien por qué no era muy popular entre mis profesores, y en parte porque en una de las cuatro pruebas, siempre pinchaba.
Básicamente, los cursos de lenguas extranjeras se estructuran en torno a cuatro competencias lingüísticas: expresarse por escrito y oralmente, y comprender lo que uno lee y escucha. Como siempre leí muchísimo y tengo buena memoria para el vocabulario, armé las otras alrededor de esa; aprendí palabras leyéndolas primero, y escribí (ideas, oraciones, casi párrafos enteros) acordándome de algo que había leído antes. Pero la comprensión auditiva siempre me resultó dificilísima; me distraía en cuanto la profesora apretaba PLAY, y nunca pude mirar una película sin leer los subtítulos. Me presenté a un examen que era sólo de comprensión auditiva, y perdí. Pero aunque el malhumor de haber perdido ese examen me duró como ocho años (cuando se me pasó fui y lo dí de nuevo y salvé), nunca me preocupó mucho eso de no tener muy buenas notas a causa de tener una zanahoria en la oreja, porque en definitiva, lo importante es cómo uno se las arregla en la vida real.
Flash forward, otra década más tarde. Seguí mi rumbo lejos de las aulas, las notas, cursos, exámenes y demás parafernalia estudiantil. En pleno apogeo de la vida real llevo un año y medio inmersa en inglés y sigo sin entender demasiado cuando tengo que hablar por teléfono o hay gente hablando en la radio. Digamos que no me canso mucho tratando, pero en algún lugar de mi cabeza siempre estuvo la pregunta, ¿y si yo realmente... realmente, me esforzara?
Y entonces, en un giro imprevisto de los acontecimientos y las reglas predominantes en el orden del universo y el movimiento de los planetas, en el día de hoy la vida real se encargó de responder mi pregunta.
Empecé un empleo temporal en un call center que atiende llamadas en inglés y francés recolectando información sobre clientes de un fabricante de electrodomésticos europeo. Cierta línea de productos tiene un controlador defectuoso y los clientes tienen derecho a un service gratis cambiando la pieza en cuestión, así que básicamente se trata de anotar nombres, apellidos, números de teléfono, direcciones en Estados Unidos o Canadá (después la empresa contratante maneja esa información), y no, no tengo que preguntar, señora, ¿está segura que lo enchufó? Son ocho horas por día, tres veces por semana, en una oficina que queda lejísimo de mi casa pero manejando no es tanta transa.
Me destapo la oreja, y encima, me pagan. ¿No hubiera estado bueno que me pagaran, allá hace años cuando estaba preparando el Proficiency?
sábado, 1 de agosto de 2009
Lanas bellas
El idioma inglés tiene la ventaja de ser el origen de muchas palabras ampliamente conocidas en otros idiomas, que cuando se usan en inglés a veces tienen tanto el sentido original como el actual. Una de esas palabritas es shop, que alude a un local de depósito, comercio o fabricación de bienes. Por extensión, shop también quiere decir local de venta y como verbo, quiere decir comprar. Un taller es un local donde se trabaja, o sea, un workshop. La empresa de Henry Ford publicó un libro titulado Shop theory que tuve en mis manos, y no, no se trataba de ir de compras.
Shop es la mejor palabra que se me ocurre para describir a Bella Lana, un pequeño local a unas cuadras de mi casa. Desde enero he tomado varios de los cursos que ofrecen, y a continuación paso a describir.
El primer curso que tomé, en enero, fue el de principiantes. Yo ya tenía algunas nociones pero fue evidente que tenía mucho información básica por conocer. Aprendí dos formas diferentes de poner los puntos en la aguja, repasé los dos puntos básicos de tejido y dos formas diferentes de rematar. Lo más interesante del curso fue aprender a leer las etiquetas de las lanas y probar agujas de diferentes materiales. Me gustaron mucho las de bambú, pero también probé de acero, aluminio, madera y plástico.
En ese primer curso tejí una bufanda en lana Ella Rae Classic (de Rumania) en dos tonos de verde, y para la terminación usé crochet (ya había empezado el segundo curso). Usé agujas de bambú número 7, de 4.5 mm de diámetro. Los botones fueron idea de Federico, y el ancho de la bufanda es el largo de su cuello. Cuando Federico usa la bufanda, la enrolla alrededor de su cuello pasa los dos botones por los dos ojales (a mí me parece que queda como una cataplasma, pero para él es muy cómodo); cuando yo la uso prefiero combinar ojales y botones con los del abrigo, así no me apreta tanto.


El segundo curso, el de crochet, fue realmente difícil. Las otras alumnas de la clase volaban y yo apenas podía, en lucha encarnizada, hacer un punto después de otro. En cierto modo tiene sentido, nunca me fascinó el encaje a crochet y el despliegue ornamental por lo general me parece inmundo, así que tiene sentido que no pueda hacerlo y no me desvele. Pero fue casi una revelación descubrir la trama cerrada y resistente de los tejidos de crochet, y la versatilidad de la técnica. La instructora usó lana, hilo, perlas, alambre y varios otros elementos y me deslumbró.

En esta clase hice una bolsita con lana Cascade (de Perú) y usé una aguja de aluminio número 6, G, de 4.25 mm. Después hice otra similar en acrílico. Primero se hace una cadena y después se teje crochet simple en círculos, hasta que se decide que está bien o se termina la lana.


También aprendí a coser piezas usando crochet, lo que junto a la terminación, fue lo que me pareció más práctico.
El proyecto más ambicioso en el que me embarqué fue tejer un buzo. También me anoté en un curso, lo cual fue una buena idea teniendo en cuenta todas las dificultades que fueron surgiendo y toda la ayuda que precisé. El buzo lo tejí en Ella Rae violeta, y usé agujas número 8 para hacer los puños y número 7 para el cuerpo. El cuello lo tejí con una aguja redonda número 7. Uní la parte de adelante y atrás usando tres agujas en los hombros y crochet en los costados. Las mangas las tejí empezando por los puños, y las uní usando tres agujas en la última carrera y crochet en el resto. El cuello fue lo último que hice: con el buzo armado levanté los puntos de la base y tejí un puño idéntico al de las mangas y el cuerpo (misma combinación de puntos hacia arriba y hacia abajo en la carrera).

Me costó una enormidad tejer el buzo y no quedé del todo conforme. De hecho, el modelo estaba bueno pero no me gustaban los hombros, así que la instructora tomó un molde de otro buzo (donde sí me gustaban) y alteró mi molde, creando un híbrido.

Todavía no lo estrené. Pensaba terminarlo antes de mi cumpleaños, pero no pudo ser.
Decidí lanzarme a la aventura y hacer yo sola una prenda siguiendo instrucciones de un libro. Fui a la biblioteca y saqué miles de libros (bueno, muchos pero quizás no tanto).

Entre estos decidí hacer una bufanda de crochet. No hiper difícil, pero con un poco de jeitinho. Estoy usando lana Jamieson's Shetland Spindrift y una aguja de crochet de bambú de 2.75 mm.


Mientras llevo a cabo mi experimento de tejedora independiente, también estoy aprendiendo una forma de tejer que jamás ví a nadie usar en Uruguay (me pregunto si será por distraída o porque nadie la usa): agujas de doble punta. La idea de poder tejer en forma tubular cosas pequeñas, en las que la costura es muy incómoda (gorros, guantes y medias). Con la misma lana que estoy usando para la bufanda, estoy tejiendo un par de mitones, con agujas de bambú número 4, de 3.5 mm. El diseño del tejido es un poco recargado (la idea es usar mucha lana para que sea más resistente al frío), ya probé hacerlo hace tiempo y no es imposible. Difícil, pero no imposible.


Recién empecé el puño del primer mitón y por eso es difícil ver cómo va avanzando. Las agujas me hacen acordar a piezas de Mikado, y se usa una aguja extra para tejer los puntos. Una vez sorteada la sorpresa inicial, es bastante parecido a tejer con dos agujas.
---
Tejer es una actividad curiosa. Mucha gente insiste en que es relajante, pero a mí me hace el efecto inverso, como si me diera arranque. Casi autohipnosis, después de tejer un rato se me ordenan las ideas y me energizo para enfrentar las tareas que menos me gustan. No imagino que la actividad sea práctica, ni tampoco económica, pero me asombra las posibilidades de expresividad, y también, la constatación tactil de un resultado físico, palpable, de las horas que pasaron.
Federico insistió mucho tiempo con que quería algo tejido por mí. Ahora que lo tiene (una bufandita entre tantas que tiene), lo usa y afirma que lo pone contento. Las instructoras (y dueñas) de Bella Lana, Cornelia y Karin, dicen que no hay nada como la satisfacción de terminar un buzo y ponérselo. Yo no sé, pero me gusta tejer y pienso seguir haciéndolo. Por ahora hago acopio de material y de ideas. Después, veremos qué pasa.

---
An English version of this post is available here: http://crossingsofmymind.blogspot.com/2009/08/beautiful-wool.html
Shop es la mejor palabra que se me ocurre para describir a Bella Lana, un pequeño local a unas cuadras de mi casa. Desde enero he tomado varios de los cursos que ofrecen, y a continuación paso a describir.
El primer curso que tomé, en enero, fue el de principiantes. Yo ya tenía algunas nociones pero fue evidente que tenía mucho información básica por conocer. Aprendí dos formas diferentes de poner los puntos en la aguja, repasé los dos puntos básicos de tejido y dos formas diferentes de rematar. Lo más interesante del curso fue aprender a leer las etiquetas de las lanas y probar agujas de diferentes materiales. Me gustaron mucho las de bambú, pero también probé de acero, aluminio, madera y plástico.
En ese primer curso tejí una bufanda en lana Ella Rae Classic (de Rumania) en dos tonos de verde, y para la terminación usé crochet (ya había empezado el segundo curso). Usé agujas de bambú número 7, de 4.5 mm de diámetro. Los botones fueron idea de Federico, y el ancho de la bufanda es el largo de su cuello. Cuando Federico usa la bufanda, la enrolla alrededor de su cuello pasa los dos botones por los dos ojales (a mí me parece que queda como una cataplasma, pero para él es muy cómodo); cuando yo la uso prefiero combinar ojales y botones con los del abrigo, así no me apreta tanto.
El segundo curso, el de crochet, fue realmente difícil. Las otras alumnas de la clase volaban y yo apenas podía, en lucha encarnizada, hacer un punto después de otro. En cierto modo tiene sentido, nunca me fascinó el encaje a crochet y el despliegue ornamental por lo general me parece inmundo, así que tiene sentido que no pueda hacerlo y no me desvele. Pero fue casi una revelación descubrir la trama cerrada y resistente de los tejidos de crochet, y la versatilidad de la técnica. La instructora usó lana, hilo, perlas, alambre y varios otros elementos y me deslumbró.
En esta clase hice una bolsita con lana Cascade (de Perú) y usé una aguja de aluminio número 6, G, de 4.25 mm. Después hice otra similar en acrílico. Primero se hace una cadena y después se teje crochet simple en círculos, hasta que se decide que está bien o se termina la lana.
También aprendí a coser piezas usando crochet, lo que junto a la terminación, fue lo que me pareció más práctico.
El proyecto más ambicioso en el que me embarqué fue tejer un buzo. También me anoté en un curso, lo cual fue una buena idea teniendo en cuenta todas las dificultades que fueron surgiendo y toda la ayuda que precisé. El buzo lo tejí en Ella Rae violeta, y usé agujas número 8 para hacer los puños y número 7 para el cuerpo. El cuello lo tejí con una aguja redonda número 7. Uní la parte de adelante y atrás usando tres agujas en los hombros y crochet en los costados. Las mangas las tejí empezando por los puños, y las uní usando tres agujas en la última carrera y crochet en el resto. El cuello fue lo último que hice: con el buzo armado levanté los puntos de la base y tejí un puño idéntico al de las mangas y el cuerpo (misma combinación de puntos hacia arriba y hacia abajo en la carrera).
Me costó una enormidad tejer el buzo y no quedé del todo conforme. De hecho, el modelo estaba bueno pero no me gustaban los hombros, así que la instructora tomó un molde de otro buzo (donde sí me gustaban) y alteró mi molde, creando un híbrido.
Todavía no lo estrené. Pensaba terminarlo antes de mi cumpleaños, pero no pudo ser.
Decidí lanzarme a la aventura y hacer yo sola una prenda siguiendo instrucciones de un libro. Fui a la biblioteca y saqué miles de libros (bueno, muchos pero quizás no tanto).
Entre estos decidí hacer una bufanda de crochet. No hiper difícil, pero con un poco de jeitinho. Estoy usando lana Jamieson's Shetland Spindrift y una aguja de crochet de bambú de 2.75 mm.
Mientras llevo a cabo mi experimento de tejedora independiente, también estoy aprendiendo una forma de tejer que jamás ví a nadie usar en Uruguay (me pregunto si será por distraída o porque nadie la usa): agujas de doble punta. La idea de poder tejer en forma tubular cosas pequeñas, en las que la costura es muy incómoda (gorros, guantes y medias). Con la misma lana que estoy usando para la bufanda, estoy tejiendo un par de mitones, con agujas de bambú número 4, de 3.5 mm. El diseño del tejido es un poco recargado (la idea es usar mucha lana para que sea más resistente al frío), ya probé hacerlo hace tiempo y no es imposible. Difícil, pero no imposible.
Recién empecé el puño del primer mitón y por eso es difícil ver cómo va avanzando. Las agujas me hacen acordar a piezas de Mikado, y se usa una aguja extra para tejer los puntos. Una vez sorteada la sorpresa inicial, es bastante parecido a tejer con dos agujas.
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Tejer es una actividad curiosa. Mucha gente insiste en que es relajante, pero a mí me hace el efecto inverso, como si me diera arranque. Casi autohipnosis, después de tejer un rato se me ordenan las ideas y me energizo para enfrentar las tareas que menos me gustan. No imagino que la actividad sea práctica, ni tampoco económica, pero me asombra las posibilidades de expresividad, y también, la constatación tactil de un resultado físico, palpable, de las horas que pasaron.
Federico insistió mucho tiempo con que quería algo tejido por mí. Ahora que lo tiene (una bufandita entre tantas que tiene), lo usa y afirma que lo pone contento. Las instructoras (y dueñas) de Bella Lana, Cornelia y Karin, dicen que no hay nada como la satisfacción de terminar un buzo y ponérselo. Yo no sé, pero me gusta tejer y pienso seguir haciéndolo. Por ahora hago acopio de material y de ideas. Después, veremos qué pasa.
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