Me encanta H. H. Munro, un escritor inglés que nació en la India y murió en 1917, en una de las tantas batallas de la Primera Guerra Mundial. Tanto talento desperdiciado...
En fin, siempre que llega Navidad me acuerdo de este cuento, fantástico, que me ha hecho reír hasta el descontrol. Porque aunque fue escrito hace más de 100 años, tiene una vigencia absoluta, creo yo.
Más abajo, mi traducción de "Reginald on Christmas presents". ¡Disfruten!
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Reginald opina sobre los regalos de Navidad
Quiero que quede completamente entendido (dijo Reginald) que no quiero un libro de oraciones de "George, Príncipe de Gales" como regalo de Navidad. No puedo hacer énfasis suficiente en esta afirmación.
Debería haber (continuó) clases de educación técnica en la ciencia de hacer regalos. Nadie parece tener ni la más pálida idea de lo que los demás quieren, y las ideas prevalentes en el asunto no son adjudicables a una comunidad civilizada.
Tenemos, por ejemplo, a la prima del campo que "sabe que una corbata siempre viene bien", y te envía un horror a lunares que sólo podrías usar en secreto o en Tottenham Court Road. Hubiera venido bien si se la hubiera quedado para atar los arbustos de moras, donde hubiera servido al doble propósito de sostener las ramas y aterrorizar a los pájaros- porque es un hecho conocido que el vulgar gorrión tiene un gusto estético más sólido que el promedio de las primas del campo.
Por otra parte están las tías. Siempre son una clase difícil de tratar en la cuestión de regalos. El problema es que uno nunca las conoce lo suficientemente jóvenes. Para cuando uno las ha educado en la apreciación del hecho de que uno nunca usaría mitones rojos de lana en el West End, se mueren, o se pelean con la familia, o hacen algo igualmente desconsiderado. Esta es la razón por la que el suministro de tías entrenadas siempre es tan precario.
Tenemos a mi tía Agatha, par exemple, quien me envió un par de guantes la última Navidad, y llegó tan lejos como elegir un estilo a la moda y con la correcta cantidad de botones. Pero ¡eran tan ostentosos! Se los envié a un muchacho a quien yo odiaba íntimamente: no se los puso, por supuesto, pero bien hubiera podido si la amarga muerte no hubiera llegado. Era casi tan consolador como enviar flores blancas a su funeral. Por supuesto que le escribí a mi tía diciéndole que eran lo que yo había estado esperando para que mi existencia floreciera como una rosa; me temo que me creyó frívolo - ella es del Norte, donde viven con miedo a la Providencia y al Conde de Durham (Reginald declara un exhaustivo conocimiento de asuntos políticos, lo que le otorga una excelente excusa para no discutirlos). Las tías con un toque de influencia extranjera son las más satisfactorias en entender estas cosas; pero si no puedes elegir a tu tía, lo más sabio en el largo plazo es elegirte un regalo y enviarle la factura.
Aún los amigos del mismo grupo de uno, de quienes se podría esperar más atino, tienen curiosos delirios sobre el tema. No estoy coleccionando copias de las versiones más baratas de Omar Kjayyám. Regalé las cuatro últimas que recibí al botones, y me gusta imaginármelo leyéndoselas, con las notas de FitzGerald, a su anciana madre. Los botones siempre tienen madres ancianas; muestra un lindo sentimiento por su parte, creo.
En lo personal, no veo en dónde reside la dificultad de elegir regalos apropiados. Ningún joven que se precie de un gusto refinado podría dejar de apreciar una de esas botellas de licor tan decorativas, que son exhibidas con reverencia en la vidriera de Morel-y no sería en absoluto un problema si uno recibiera duplicados. Y siempre existiría ese momento supremo de temida incertidumbre antes de saber si se trata de créme de menthe o Chartreuse-como la emoción expectante de ver las cartas de los otros jugadores al terminar la partida de brigde. La gente puede decir lo que quiera sobre la decadencia del cristianismo: el sistema religioso que produjo el Chartreuse verde nunca morirá.
Y además, por supuesto, están las copas de licor, y la fruta abrillantada, y las cortinas de tapiz, y montones de otros objetos esenciales que son regalos muy sensatos- por no hablar de lujos, como tener las facturas pagadas o recibir cariño en forma de joyas. A diferencia de la supuesta Buena Mujer de la Biblia, los rubíes están bien para mí. Para quien la conociera, a propósito, debía ser un problema en época de Navidad; nada menos que un cheque hubiera solucionado el asunto. Quizás sea esta la razón por la que cayó en el olvido.
Mi gran encanto (concluyó Reginald), es lo fácil que me contento. Pero tengo un límite, y es el libro de oraciones del Príncipe de Gales.
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El original, junto con muchos otros, en Read Book Online
miércoles, 23 de diciembre de 2009
jueves, 17 de diciembre de 2009
Triatlón por cuotas (y bajo techo)
Yo, como casi todo el mundo, gané unos buenos cinco kilos en los primeros tres meses en Estados Unidos. Y como casi todo el mundo también, me propuse volver a mi estado original.
Con tal propósito fue que pagamos membresías, con Federico, en el gimnasio de la Universidad. El gimnasio tiene una configuración muy común aquí, en Estados Unidos: está lleno de máquinas super modernas y variadas, pero casi no tiene personal; ni profesores, ni clases, ni nada. Y prácticamente no hay clases de gimnasia. En Uruguay es exactamente al revés: los gimnasios tienen MONTONES de clases para todos los gustos, pero muchos menos aparatos. Algo análogo sucede con la limpieza, hay máquinas que lo hacen todo pero el servicio doméstico es mucho menos frecuente. Por lo visto acá es más barato comprarse una maquinola, que no aporta al BPS y que uno puede revender, y que reviente la mano de obra cualificada. En fin.
El caso es que demoré un poco en aclimatarme. Nunca antes me había lanzado sola y sin guía a una sala de pesas, máquinas y aparatos. Las bicicletas fijas, las elípticas, las cintas, el remo, las escaleras, las de escalar... esas son las de ejercicio aeróbico. Y después un montonazo de máquinas para desarrollar cuanto músculo se ha descubierto en la anatomía humana.
Sudando la camiseta en las aeróbicas hay un muestrario muy variado de gente, desde veteranos hasta muy jóvenes, obesos y gente que podría modelar en traje de baño. De todo. En las de fuerza no, están todos los Tarzán Gómez (que acá son más bien rubios, pero tienen la misma afinidad a los tatuajes y los cortes de pelo terrajas que tenía vistos de antes).
Tímidamente empecé probando las bicicletas fijas. Me gusta pedalear en la "vida real" (ya hablé de dicha instancia en un artículo previo) así que miré fijamente el monitor y programé. Mi peso, mi edad, elegí un programa casi al azar, y a pedalear. El monitor dice cuánto tiempo uno lleva pedaleando, en qué nivel está (lo cual es relativo) y cuántas calorías lleva quemadas (lo cual a mí me parece de ciencia ficción. Bah). Empecé a pedalear y a meterle cada vez con más ganas, hasta que un día alcancé a 100 cal. en 7:30 minutos - esa vez pedalée por 30 minutos. Otra vez, pedalée 70 minutos. 1 hora 10 minutos sin parar. ¿Qué tal?
Como es necesario mantenerse motivado, en marzo cambié de aparato. Además de pedalear ocasionalmente, me enfrenté a las cintas para correr. Mis intentos previos con el atletismo fueron bastante patéticos, llegando a los 5 minutos creí que iba a reventar. Pero persistí. Mi plan era tratar de correr 30 minutos sin importar la velocidad - esforzarme en no parar, únicamente. Por eso determiné la velocidad mínima tolerable para correr (4 millas por hora - 6,4 km/h) y llegué a 30 minutos sin reventar. Después fui subiendo la velocidad, una décima por vez. La primera vez que corrí a 5 m/h (8km/h) fue el día que cumplí 30 años. Después seguí aumentando, hasta 6 m/h (9,65 km/h), pero mi velocidad preferida son las 5 m/h. Normalmente las máquinas están programadas para ser usadas un máximo de 30 minutos, pero siempre hay alguna para uso ilimitado. Un sábado de mañana llegué temprano y me apropié de la única cinta sin programar, y marqué, 5 m/h. Decidí parar cada 20 minutos para estirar un poco y rellenar la botella de agua, pero básicamente no descansar. Así corrí. Y después, seguí corriendo. Y también un poco más. Pero desgraciadamente me lastimaron los zapatos, así que tuve que parar a los 48 minutos. Correr sí, sufrir no.
Además de correr y pedalear (y ocasionalmente treparme a las máquinas elípticas o a la de remo, otra favorita personal de larga data), un buen día decidí ir a nadar. No sé si alguna vez les comenté, pero de chica, yo nadaba en el plantel de pre entrenamiento de AEBU. Ah aquellos años 80. Desde 1990 hasta ahora he nadado muy esporádicamente, y siempre en piscinas. Si me caigo al agua de un barco puedo nadar hasta la orilla (y hasta sé varias técnicas de socorrismo), pero arriesgarme al santo pepe en el arroyo Solís (como tantos giles que se ahogan verano tras verano), no, paso.
El caso es que decidí empezar a nadar. Lo curioso de nadar es que tiene dos partes: una es que consiste en trasladarse en el agua. La otra, es que hay que hacerlo de una manera correcta: aprovechando eficientemente el esfuerzo y haciéndolo de manera balanceada (mismo esfuerzo del lado derecho e izquierdo del cuerpo). Siempre, en toda piscina libre a la que he concurrido, hay gente (siempre hombres, por cierto), que hacen apenas lo primero y definitivamente no lo segundo. Siempre hay un tipo relativamente atlético, que mete 80 brazadas para recorrer 20 metros, chapoteando, y levantando siempre el mismo brazo. Qué espanto. ¿Por qué nadie le dice a esta gente, por favor muchacho, meté patada, meté el brazo de punta o de codo, braceá abajo del agua (es ahí donde se hace la traslación, no en el aire), y respirá una vez a la derecha y otra a la izquierda? ¡Me parece una actitud tan irresponsable! Pero yo no me animo a ir a decirle a estos belinunes que son un desastre.
Porque por algún motivo misterioso las primeras veces que traté, yo era un belinún más. Nadaba una piscina y me quedaba el cuello tieso. Pero después me acordé (o mejor dicho, mi cuerpo se acordó) de cómo es que se nada bien, y arranqué a nadar un par de piletas más. Y otro par. Y otro. Y un par más. Empecé a superar los máximos que yo recordaba haber nadado alguna vez, cuando entrenaba. 32 piletas, eso son 800 metros. El día que llegué a la pileta número 40 (1 km), la celebré nadando mariposa (sí, sé nadar mariposa). La vez siguiente fueron 48. Y así sigo. El truco es bastante simple y concordante a lo que toda actividad física requiere: no dejar floja ninguna parte del cuerpo porque pesa y contrarresta el movimiento (especialmente los abdominales), alejando los hombros de las orejas. ¿Les suena conocido? ¿No? Bueno, a mí sí.
Así que en conclusión me he transformado en una triatleta de salón, de un triatlón imaginario y por cuotas. Me causa gracia, y un poco de sorpresa. Yo no sabía que podía correr más de 5 minutos, o nadar más de 20 piletas, o pedalear más de 40 minutos.
Más de una vez me surge la pregunta ¿cuál es el límite, cuál es mi límite? Debe estar en algún lado, pero yo creo seriamente, que mi límite está en mi cabeza. No me imagino esforzándome mucho. No, yo no. Mirá si me lastimo o algo.
Con tal propósito fue que pagamos membresías, con Federico, en el gimnasio de la Universidad. El gimnasio tiene una configuración muy común aquí, en Estados Unidos: está lleno de máquinas super modernas y variadas, pero casi no tiene personal; ni profesores, ni clases, ni nada. Y prácticamente no hay clases de gimnasia. En Uruguay es exactamente al revés: los gimnasios tienen MONTONES de clases para todos los gustos, pero muchos menos aparatos. Algo análogo sucede con la limpieza, hay máquinas que lo hacen todo pero el servicio doméstico es mucho menos frecuente. Por lo visto acá es más barato comprarse una maquinola, que no aporta al BPS y que uno puede revender, y que reviente la mano de obra cualificada. En fin.
El caso es que demoré un poco en aclimatarme. Nunca antes me había lanzado sola y sin guía a una sala de pesas, máquinas y aparatos. Las bicicletas fijas, las elípticas, las cintas, el remo, las escaleras, las de escalar... esas son las de ejercicio aeróbico. Y después un montonazo de máquinas para desarrollar cuanto músculo se ha descubierto en la anatomía humana.
Sudando la camiseta en las aeróbicas hay un muestrario muy variado de gente, desde veteranos hasta muy jóvenes, obesos y gente que podría modelar en traje de baño. De todo. En las de fuerza no, están todos los Tarzán Gómez (que acá son más bien rubios, pero tienen la misma afinidad a los tatuajes y los cortes de pelo terrajas que tenía vistos de antes).
Tímidamente empecé probando las bicicletas fijas. Me gusta pedalear en la "vida real" (ya hablé de dicha instancia en un artículo previo) así que miré fijamente el monitor y programé. Mi peso, mi edad, elegí un programa casi al azar, y a pedalear. El monitor dice cuánto tiempo uno lleva pedaleando, en qué nivel está (lo cual es relativo) y cuántas calorías lleva quemadas (lo cual a mí me parece de ciencia ficción. Bah). Empecé a pedalear y a meterle cada vez con más ganas, hasta que un día alcancé a 100 cal. en 7:30 minutos - esa vez pedalée por 30 minutos. Otra vez, pedalée 70 minutos. 1 hora 10 minutos sin parar. ¿Qué tal?
Como es necesario mantenerse motivado, en marzo cambié de aparato. Además de pedalear ocasionalmente, me enfrenté a las cintas para correr. Mis intentos previos con el atletismo fueron bastante patéticos, llegando a los 5 minutos creí que iba a reventar. Pero persistí. Mi plan era tratar de correr 30 minutos sin importar la velocidad - esforzarme en no parar, únicamente. Por eso determiné la velocidad mínima tolerable para correr (4 millas por hora - 6,4 km/h) y llegué a 30 minutos sin reventar. Después fui subiendo la velocidad, una décima por vez. La primera vez que corrí a 5 m/h (8km/h) fue el día que cumplí 30 años. Después seguí aumentando, hasta 6 m/h (9,65 km/h), pero mi velocidad preferida son las 5 m/h. Normalmente las máquinas están programadas para ser usadas un máximo de 30 minutos, pero siempre hay alguna para uso ilimitado. Un sábado de mañana llegué temprano y me apropié de la única cinta sin programar, y marqué, 5 m/h. Decidí parar cada 20 minutos para estirar un poco y rellenar la botella de agua, pero básicamente no descansar. Así corrí. Y después, seguí corriendo. Y también un poco más. Pero desgraciadamente me lastimaron los zapatos, así que tuve que parar a los 48 minutos. Correr sí, sufrir no.
Además de correr y pedalear (y ocasionalmente treparme a las máquinas elípticas o a la de remo, otra favorita personal de larga data), un buen día decidí ir a nadar. No sé si alguna vez les comenté, pero de chica, yo nadaba en el plantel de pre entrenamiento de AEBU. Ah aquellos años 80. Desde 1990 hasta ahora he nadado muy esporádicamente, y siempre en piscinas. Si me caigo al agua de un barco puedo nadar hasta la orilla (y hasta sé varias técnicas de socorrismo), pero arriesgarme al santo pepe en el arroyo Solís (como tantos giles que se ahogan verano tras verano), no, paso.
El caso es que decidí empezar a nadar. Lo curioso de nadar es que tiene dos partes: una es que consiste en trasladarse en el agua. La otra, es que hay que hacerlo de una manera correcta: aprovechando eficientemente el esfuerzo y haciéndolo de manera balanceada (mismo esfuerzo del lado derecho e izquierdo del cuerpo). Siempre, en toda piscina libre a la que he concurrido, hay gente (siempre hombres, por cierto), que hacen apenas lo primero y definitivamente no lo segundo. Siempre hay un tipo relativamente atlético, que mete 80 brazadas para recorrer 20 metros, chapoteando, y levantando siempre el mismo brazo. Qué espanto. ¿Por qué nadie le dice a esta gente, por favor muchacho, meté patada, meté el brazo de punta o de codo, braceá abajo del agua (es ahí donde se hace la traslación, no en el aire), y respirá una vez a la derecha y otra a la izquierda? ¡Me parece una actitud tan irresponsable! Pero yo no me animo a ir a decirle a estos belinunes que son un desastre.
Porque por algún motivo misterioso las primeras veces que traté, yo era un belinún más. Nadaba una piscina y me quedaba el cuello tieso. Pero después me acordé (o mejor dicho, mi cuerpo se acordó) de cómo es que se nada bien, y arranqué a nadar un par de piletas más. Y otro par. Y otro. Y un par más. Empecé a superar los máximos que yo recordaba haber nadado alguna vez, cuando entrenaba. 32 piletas, eso son 800 metros. El día que llegué a la pileta número 40 (1 km), la celebré nadando mariposa (sí, sé nadar mariposa). La vez siguiente fueron 48. Y así sigo. El truco es bastante simple y concordante a lo que toda actividad física requiere: no dejar floja ninguna parte del cuerpo porque pesa y contrarresta el movimiento (especialmente los abdominales), alejando los hombros de las orejas. ¿Les suena conocido? ¿No? Bueno, a mí sí.
Así que en conclusión me he transformado en una triatleta de salón, de un triatlón imaginario y por cuotas. Me causa gracia, y un poco de sorpresa. Yo no sabía que podía correr más de 5 minutos, o nadar más de 20 piletas, o pedalear más de 40 minutos.
Más de una vez me surge la pregunta ¿cuál es el límite, cuál es mi límite? Debe estar en algún lado, pero yo creo seriamente, que mi límite está en mi cabeza. No me imagino esforzándome mucho. No, yo no. Mirá si me lastimo o algo.
lunes, 7 de diciembre de 2009
Mano de obra
Cuando nos estábamos preparando para venirnos, hace dos años, yo tenía un trabajo en la Universidad, otro online, otro particular, un flamante título de licenciada y algunas ideas un poco vagas en cuanto a qué hacer con mi tiempo acá.
Con la Universidad me mandé una jugada un poco arriesgada, porque tengo hasta 3 años de licencia sin sueldo en toda mi vida laboral en el Estado uruguayo y voilá, me patiné casi 2; igual sigue siendo mi empleador principal y mi mayor referencia. En cuanto llegué me di cuenta que el trabajo particular se me complicaba una barbaridad, y decidí dejarlo en el freezer hasta mi regreso. Un tiempo después de aterrizar del todo llegué a la conclusión de que mi trabajo online no era tan interesante como antes; la experiencia fue muy valiosa y creo que me aportó una enormidad, pero en las coordenadas dinero, esfuerzo y retribución, la verdad es que terminaba en rojo siempre. Así que me fui. Pero a lo mejor algún día vuelvo.
Los trámites del permiso de empleo fueron molestos e incordiosos, pero obtuve mi primera tarjeta casi 4 meses más tarde de pedirla, en julio 2008: es casi ilegible con una foto horrible les digo. También ahí pedí mi número de seguro social; fui a una oficina que parecía un catálogo antropológico. Gente con atuendo tibal, mujeres con velo total tapándoles también los ojos, minnesotanos de tierra adentro con gorros de orejeras y botas embarradas. Después se venció la visa y con la extensión de la residencia, tuve que renovar el permiso. Ahí tuve cuidado de sacarme una foto más presentable, pero me equivoqué en una cosita en los papeles y tuve que mandar todo de vuelta. No el cheque por 350 dólares (que es lo que cuesta el trámite) por suerte. La nueva tarjeta también es ilegible, pero eso no es mi culpa. ¿A quién se le ocurre diseñar una tarjeta con un sello enorme azul marino, y la información escrita en tinta negra? Por favor... Pero bueno. El permiso y la licencia de conducir tienen una banda magnética: cuando uno va a un hospital, o a un aeropuerto, o algún lugar importante, presenta la tarjetita y la pasan por el lector magnético. Tadá! Nada de copiar nombres incorrectamente! Primer nombre y último apellido, como se estila acá, así que hemos visto nuestros nombres en formas muy variadas.
En mi periplo por la búsqueda de empleo no me fue muy bien, pero tampoco tan mal. Me presenté varias veces a zafras de la librería de la Universidad, y ahí siempre me tomaron. Atendí la caja vendiendo mayoritariamente libros (aunque alguna gente se compraba un completo de mochila, camiseta, buzo, gorrito, lápices y qué se yo), y aprendí a manejar la máquina registradora y a aceptar cheques, tarjetas de crédito, universitarias, débito, regalo y efectivo. Amigos: nunca paguen con cheques. Otra vez lo que hice fue comprar libros usados: los alumnos venían con sus libros que habían comprado un par de meses atrás y por lo que habían pagado una fortuna, y yo les ofrecía una limosna a cambio. Algunos se enojaban, otros estaban resignados. Y otros, que habían pagado con la tarjeta de crédito de los padres pero se estaban quedando con el efectivo, se iban chochos de la vida. Sweet! es la expresión que más escuché. En otra oportunidad envolví regalos. Y también me tocó una vez estar adentro del traje de Goldy.

Hot'n'smelly. Caluroso y apestoso. Tengo un nuevo respeto por el tipo que está adentro del traje de Mickey Mouse, eso, señores, sí que es un trabajo jodido.
Cuando embolsé libros y envolví regalos, desarrollé métodos óptimos para hacerlo en la menor cantidad de tiempo y de la mejor manera. Descubrí cuál es el mejor orden de escanear los precios (objetos chicos primero), y el orden para embolsarlos (armar montañitas y embolsarlas así, no ir tirando cosas adentro de la bolsa). Así yo buscaba garantizar que nada se rompiera en el camino de la caja registradora hasta la casa del comprador, que no se rasgaran las bolsas y que el peso quedara razonablemente distribuido. Si fallaba en eso, al menos daba la impresión de ser una neurótica al estilo Martha Stewart y eso me redimía. Todo el mundo respeta a una Martha Stewart en vez de mandarla al demonio. No sé por qué. Algo parecido hice con envolver los regalos. Cortaba el papel por adelantado, tenía medido cuánto papel se precisaba para cada paquete, cuál era la forma óptima de doblar, pegar la cinta, etc.
Son increíbles los efectos secundarios del aburrimiento, ¿eh? Las oportunidades de trabajo en la librería, sin embargo, han sido bastante esporádicas.
Me suscribí a sitios de búsqueda de empleo y tengo un par de anécdotas bizarras al respecto de oportunidades surgidas por esa vía. Una de ellas fue una entrevista laboral masiva (como 200 personas) y un tipo desorbitado que exclamaba y nosotros teníamos que repetir los coros. Yo miraba a los demás candidatos y veía mucha gente triste, mal vestida, y me pregunté, ¿qué clase de trabajo es éste? Como la respuesta no prometía demasiado, y además estaba en el traste del universo, desistí. Otra vez recibí un scam, una trampa, y casi caigo. Se suponía que era de una importadora de autos alemanes y todo sonaba bastante serio, excepto que la dirección de la que me escribían era en gmail. ¿Mercedes Benz usando gmail? ¡Qué raro! Bueno, el caso es que respondí haciendo un par de preguntas y el tipo (o tipa) del otro lado me dijo que mis preguntas eran muy sospechosas y que me iba a denunciar. Yo hice lo propio y busqué el sitio de la importadora y les dije, alguien está usando el nombre de ustedes para hacer plata sucia. Nunca me contestaron. Tengo un Honda. Que se pudran todos.
También me presenté a entrevistas de trabajo en lugares cerca de casa. Una sandwichería, una "regalería", y no me tomaron en ninguno de los dos lugares. Después pasé por ahí y ví que habían contratado gente más joven que yo. En la regalería me pareció razonable que hubieran preferido a esa otra persona, en la sandwichería, no. Digo, nadie tan peludo debería trabajar sirviendo comida.

De rebote me enteré lo del Call Center, y fue una experiencia espectacular. Trabajar en una empresa americana, en sus propias oficinas suburbanas y e interactuando con los otros empleados fue lo máximo. Es lo que me permite afirmar sólidamente que YO ESTUVE EN USA, y que viví varios episodios de "The office". ¿Conocen? Lo más raro fue escuchar las conversaciones en el almuerzo, las mujeres y hombres discutían de fantasy football. O sea que toda esa gente, hombres y mujeres, seguían no solo los resultados de todos los equipos, sino también las estadísticas de un montón de jugadores. Muy raro para esta servidora. Me consideré bautizada el día que la máquina dispensadora de Coca-Cola me aceptó las monedas pero no me dió mi lata. Para completar el ritual le propiné una patada y un expletivo ("máquina de mie"!).
Me entendí muy bien con la secretaria y la supervisora del Call Center. Muy buena gente, muy simpáticas y muy, muy amables conmigo. Hasta me hicieron un mini regalito cuando me fui. ¿Qué tal? Trabajando en el call center, parecido a cuando trabajaba online, pude determinar que las tendencias y el comportamiento masivo son algo muy real. También la distribución: el día que tuve que llamar gente, uno que cada 10 contestaba. En los primeros 10 contestó uno, en la segunda decena no contestó nadie, en la tercera atendieron 2. Al final de 65 abonados encontré a 6. Increíble la distribución estadística. Uno llama cuando se le da la gana, teóricamente, pero la verdad es que todo el mundo llamaba al mismo tiempo. Había momentos atareadísimos y momentos muertos. En esas horas muertas tejí mi bufanda de crochet. Los miércoles, el día que coincidía con un minnesotano bilingüe que trabajaba en la misma cuenta, discutíamos de fútbol (otro minnesotano fanático del fóbal... en fin).
Otros efectos secundarios del aburrimiento.
Donde gané un poco de dinero y no me aburrí ni un poquito fue con los hijos de Guillermo. Tuve que irlos a buscar alguna vez a la escuela, o quedarme con ellos un rato, y eso estuvo muy lindo.
También ocupé bastante tiempo en la biblioteca de la Universidad pero no por retribución monetaria, de eso escribo en un próximo artículo.
Con la Universidad me mandé una jugada un poco arriesgada, porque tengo hasta 3 años de licencia sin sueldo en toda mi vida laboral en el Estado uruguayo y voilá, me patiné casi 2; igual sigue siendo mi empleador principal y mi mayor referencia. En cuanto llegué me di cuenta que el trabajo particular se me complicaba una barbaridad, y decidí dejarlo en el freezer hasta mi regreso. Un tiempo después de aterrizar del todo llegué a la conclusión de que mi trabajo online no era tan interesante como antes; la experiencia fue muy valiosa y creo que me aportó una enormidad, pero en las coordenadas dinero, esfuerzo y retribución, la verdad es que terminaba en rojo siempre. Así que me fui. Pero a lo mejor algún día vuelvo.
Los trámites del permiso de empleo fueron molestos e incordiosos, pero obtuve mi primera tarjeta casi 4 meses más tarde de pedirla, en julio 2008: es casi ilegible con una foto horrible les digo. También ahí pedí mi número de seguro social; fui a una oficina que parecía un catálogo antropológico. Gente con atuendo tibal, mujeres con velo total tapándoles también los ojos, minnesotanos de tierra adentro con gorros de orejeras y botas embarradas. Después se venció la visa y con la extensión de la residencia, tuve que renovar el permiso. Ahí tuve cuidado de sacarme una foto más presentable, pero me equivoqué en una cosita en los papeles y tuve que mandar todo de vuelta. No el cheque por 350 dólares (que es lo que cuesta el trámite) por suerte. La nueva tarjeta también es ilegible, pero eso no es mi culpa. ¿A quién se le ocurre diseñar una tarjeta con un sello enorme azul marino, y la información escrita en tinta negra? Por favor... Pero bueno. El permiso y la licencia de conducir tienen una banda magnética: cuando uno va a un hospital, o a un aeropuerto, o algún lugar importante, presenta la tarjetita y la pasan por el lector magnético. Tadá! Nada de copiar nombres incorrectamente! Primer nombre y último apellido, como se estila acá, así que hemos visto nuestros nombres en formas muy variadas.
En mi periplo por la búsqueda de empleo no me fue muy bien, pero tampoco tan mal. Me presenté varias veces a zafras de la librería de la Universidad, y ahí siempre me tomaron. Atendí la caja vendiendo mayoritariamente libros (aunque alguna gente se compraba un completo de mochila, camiseta, buzo, gorrito, lápices y qué se yo), y aprendí a manejar la máquina registradora y a aceptar cheques, tarjetas de crédito, universitarias, débito, regalo y efectivo. Amigos: nunca paguen con cheques. Otra vez lo que hice fue comprar libros usados: los alumnos venían con sus libros que habían comprado un par de meses atrás y por lo que habían pagado una fortuna, y yo les ofrecía una limosna a cambio. Algunos se enojaban, otros estaban resignados. Y otros, que habían pagado con la tarjeta de crédito de los padres pero se estaban quedando con el efectivo, se iban chochos de la vida. Sweet! es la expresión que más escuché. En otra oportunidad envolví regalos. Y también me tocó una vez estar adentro del traje de Goldy.

Hot'n'smelly. Caluroso y apestoso. Tengo un nuevo respeto por el tipo que está adentro del traje de Mickey Mouse, eso, señores, sí que es un trabajo jodido.
Cuando embolsé libros y envolví regalos, desarrollé métodos óptimos para hacerlo en la menor cantidad de tiempo y de la mejor manera. Descubrí cuál es el mejor orden de escanear los precios (objetos chicos primero), y el orden para embolsarlos (armar montañitas y embolsarlas así, no ir tirando cosas adentro de la bolsa). Así yo buscaba garantizar que nada se rompiera en el camino de la caja registradora hasta la casa del comprador, que no se rasgaran las bolsas y que el peso quedara razonablemente distribuido. Si fallaba en eso, al menos daba la impresión de ser una neurótica al estilo Martha Stewart y eso me redimía. Todo el mundo respeta a una Martha Stewart en vez de mandarla al demonio. No sé por qué. Algo parecido hice con envolver los regalos. Cortaba el papel por adelantado, tenía medido cuánto papel se precisaba para cada paquete, cuál era la forma óptima de doblar, pegar la cinta, etc.
Son increíbles los efectos secundarios del aburrimiento, ¿eh? Las oportunidades de trabajo en la librería, sin embargo, han sido bastante esporádicas.
Me suscribí a sitios de búsqueda de empleo y tengo un par de anécdotas bizarras al respecto de oportunidades surgidas por esa vía. Una de ellas fue una entrevista laboral masiva (como 200 personas) y un tipo desorbitado que exclamaba y nosotros teníamos que repetir los coros. Yo miraba a los demás candidatos y veía mucha gente triste, mal vestida, y me pregunté, ¿qué clase de trabajo es éste? Como la respuesta no prometía demasiado, y además estaba en el traste del universo, desistí. Otra vez recibí un scam, una trampa, y casi caigo. Se suponía que era de una importadora de autos alemanes y todo sonaba bastante serio, excepto que la dirección de la que me escribían era en gmail. ¿Mercedes Benz usando gmail? ¡Qué raro! Bueno, el caso es que respondí haciendo un par de preguntas y el tipo (o tipa) del otro lado me dijo que mis preguntas eran muy sospechosas y que me iba a denunciar. Yo hice lo propio y busqué el sitio de la importadora y les dije, alguien está usando el nombre de ustedes para hacer plata sucia. Nunca me contestaron. Tengo un Honda. Que se pudran todos.
También me presenté a entrevistas de trabajo en lugares cerca de casa. Una sandwichería, una "regalería", y no me tomaron en ninguno de los dos lugares. Después pasé por ahí y ví que habían contratado gente más joven que yo. En la regalería me pareció razonable que hubieran preferido a esa otra persona, en la sandwichería, no. Digo, nadie tan peludo debería trabajar sirviendo comida.

De rebote me enteré lo del Call Center, y fue una experiencia espectacular. Trabajar en una empresa americana, en sus propias oficinas suburbanas y e interactuando con los otros empleados fue lo máximo. Es lo que me permite afirmar sólidamente que YO ESTUVE EN USA, y que viví varios episodios de "The office". ¿Conocen? Lo más raro fue escuchar las conversaciones en el almuerzo, las mujeres y hombres discutían de fantasy football. O sea que toda esa gente, hombres y mujeres, seguían no solo los resultados de todos los equipos, sino también las estadísticas de un montón de jugadores. Muy raro para esta servidora. Me consideré bautizada el día que la máquina dispensadora de Coca-Cola me aceptó las monedas pero no me dió mi lata. Para completar el ritual le propiné una patada y un expletivo ("máquina de mie"!).
Me entendí muy bien con la secretaria y la supervisora del Call Center. Muy buena gente, muy simpáticas y muy, muy amables conmigo. Hasta me hicieron un mini regalito cuando me fui. ¿Qué tal? Trabajando en el call center, parecido a cuando trabajaba online, pude determinar que las tendencias y el comportamiento masivo son algo muy real. También la distribución: el día que tuve que llamar gente, uno que cada 10 contestaba. En los primeros 10 contestó uno, en la segunda decena no contestó nadie, en la tercera atendieron 2. Al final de 65 abonados encontré a 6. Increíble la distribución estadística. Uno llama cuando se le da la gana, teóricamente, pero la verdad es que todo el mundo llamaba al mismo tiempo. Había momentos atareadísimos y momentos muertos. En esas horas muertas tejí mi bufanda de crochet. Los miércoles, el día que coincidía con un minnesotano bilingüe que trabajaba en la misma cuenta, discutíamos de fútbol (otro minnesotano fanático del fóbal... en fin).
Otros efectos secundarios del aburrimiento.
Donde gané un poco de dinero y no me aburrí ni un poquito fue con los hijos de Guillermo. Tuve que irlos a buscar alguna vez a la escuela, o quedarme con ellos un rato, y eso estuvo muy lindo.
También ocupé bastante tiempo en la biblioteca de la Universidad pero no por retribución monetaria, de eso escribo en un próximo artículo.
miércoles, 25 de noviembre de 2009
martes, 22 de septiembre de 2009
Julie , Julia y yo
Ví la película Julie & Julia y me gustó mucho. Está basada en un libro, el que a su vez está basado en 2 historias reales.

Para quien no la conoce, Julia Child es una cocinera que publicó un libro de cocina importantísimo, Mastering the Art of French Cooking (equivalente cultural del Libro del Crandon). Fue publicado por primera vez en 1961 y tiene un enfoque novedosísimo para la época: cuisine française para las amas de casa americanas, presentando recetas lo suficientemente sofisticadas como para prescindir de latas y prefabricados, y al mismo tiempo lo suficientemente simples como para poder ser realizadas por una sola persona en un lapso de tiempo razonable.
El argumento de la película va de una mujer, casualmente también llamada Julia, que decide un día cocinar todas y cada una de las recetas del Mastering the Art... y lleva un blog al respecto.
La película, entonces, transcurre en el pasado, en los años 50 cuando Julia Child se encuentra en París, viviendo con su marido y sin mucho para hacer, y cómo va gestando la idea del libro de cocina. Intercalado, transcurre en el año 2002, Julia Powell trabaja en un call center, no le entusiasma mucho su trabajo y se fija una meta, casi al azar. El paralelismo entre ambas historias es muy interesante y en mi opinión, la película es muy disfrutable.
Ahora bien.
La película me pareció mucho más que disfrutable. En determinado momento, tengo que confesar que me erizó el pelo de la nuca. Me pareció que al paralelismo de esas dos Julias, le podíamos agregar un tercer paralelismo con esta que escribe acá, y no sólo en el nombre.
Las dos mujeres estaban casadas hacía tiempo, y en el momento en que transcurre la historia tampoco tenían hijos. Una de ellas trabajaba en un call center luchando por conservar la cordura y hacer las cosas bien, mientras que la otra vivía en el extranjero con su marido, cuyo trabajo lo obligaba a establecerse por temporadas largas en distintas ciudades. Una de ellas sueña con mudarse a una casa más grande y lo logra, al principio de la película, mudándose a un apartamento de los años 50's (como el nuestro de Minneapolis, hasta los placares de la cocina eran idénticos). La otra pasa un tiempo largo boyando en una ciudad extraña, tratando de entender a los locales y rebotando una y otra vez en empresas desmotivantes. Una de ellas cumple 30 años, y recibe de su marido un collar de perlas (yo cumplí 30 hace poco y recibí de mi familia política caravanas y pulsera), la otra conoce gente en su nueva ciudad y nuevo idioma y establece amistades. Las dos reciben apoyo incondicional de sus maridos, para aprender a cocinar aunque en la escuela de cocina sólo haya chefs hombres o para abrir un blog y dedicarse a escribir.
Yo no diría que esta película me cambió la existencia, pero pasé un buen rato. Ya conocía los libros de Julia Child y de hecho, ¡hasta cociné una vez una receta suya! Fue para Navidad, unas verduras horneadas que quedaron muy bien (una de las comensales me llamó después para pedirme la receta y todo). Aún así, de paseo en una librería curioseando en la sección culinaria, me detuve a hojear el libro en cuestión,

Era pesado, y tiene unos dibujos que me recuerdan, una vez más, al Libro de Cocina del Instituto Crandon. La verdad es que la cuisine no es lo mío.
Pero justo abajo, estaba éste otro:

Ah bueno. Un libro que no es de recetas, sino de técnicas y procedimientos. Hervir, rostizar, saltar, hornear, a la plancha, al vapor... un sólo ingrediente básico y 5 ó 6 formas básicas de preparación. Este libro se vino conmigo, y la verdad es que me parece una maravilla.
Mercei bouquiúp, Madame Child!

Para quien no la conoce, Julia Child es una cocinera que publicó un libro de cocina importantísimo, Mastering the Art of French Cooking (equivalente cultural del Libro del Crandon). Fue publicado por primera vez en 1961 y tiene un enfoque novedosísimo para la época: cuisine française para las amas de casa americanas, presentando recetas lo suficientemente sofisticadas como para prescindir de latas y prefabricados, y al mismo tiempo lo suficientemente simples como para poder ser realizadas por una sola persona en un lapso de tiempo razonable.
El argumento de la película va de una mujer, casualmente también llamada Julia, que decide un día cocinar todas y cada una de las recetas del Mastering the Art... y lleva un blog al respecto.
La película, entonces, transcurre en el pasado, en los años 50 cuando Julia Child se encuentra en París, viviendo con su marido y sin mucho para hacer, y cómo va gestando la idea del libro de cocina. Intercalado, transcurre en el año 2002, Julia Powell trabaja en un call center, no le entusiasma mucho su trabajo y se fija una meta, casi al azar. El paralelismo entre ambas historias es muy interesante y en mi opinión, la película es muy disfrutable.
Ahora bien.
La película me pareció mucho más que disfrutable. En determinado momento, tengo que confesar que me erizó el pelo de la nuca. Me pareció que al paralelismo de esas dos Julias, le podíamos agregar un tercer paralelismo con esta que escribe acá, y no sólo en el nombre.
Las dos mujeres estaban casadas hacía tiempo, y en el momento en que transcurre la historia tampoco tenían hijos. Una de ellas trabajaba en un call center luchando por conservar la cordura y hacer las cosas bien, mientras que la otra vivía en el extranjero con su marido, cuyo trabajo lo obligaba a establecerse por temporadas largas en distintas ciudades. Una de ellas sueña con mudarse a una casa más grande y lo logra, al principio de la película, mudándose a un apartamento de los años 50's (como el nuestro de Minneapolis, hasta los placares de la cocina eran idénticos). La otra pasa un tiempo largo boyando en una ciudad extraña, tratando de entender a los locales y rebotando una y otra vez en empresas desmotivantes. Una de ellas cumple 30 años, y recibe de su marido un collar de perlas (yo cumplí 30 hace poco y recibí de mi familia política caravanas y pulsera), la otra conoce gente en su nueva ciudad y nuevo idioma y establece amistades. Las dos reciben apoyo incondicional de sus maridos, para aprender a cocinar aunque en la escuela de cocina sólo haya chefs hombres o para abrir un blog y dedicarse a escribir.
Yo no diría que esta película me cambió la existencia, pero pasé un buen rato. Ya conocía los libros de Julia Child y de hecho, ¡hasta cociné una vez una receta suya! Fue para Navidad, unas verduras horneadas que quedaron muy bien (una de las comensales me llamó después para pedirme la receta y todo). Aún así, de paseo en una librería curioseando en la sección culinaria, me detuve a hojear el libro en cuestión,

Era pesado, y tiene unos dibujos que me recuerdan, una vez más, al Libro de Cocina del Instituto Crandon. La verdad es que la cuisine no es lo mío.
Pero justo abajo, estaba éste otro:

Ah bueno. Un libro que no es de recetas, sino de técnicas y procedimientos. Hervir, rostizar, saltar, hornear, a la plancha, al vapor... un sólo ingrediente básico y 5 ó 6 formas básicas de preparación. Este libro se vino conmigo, y la verdad es que me parece una maravilla.
Mercei bouquiúp, Madame Child!
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