Yo, como casi todo el mundo, gané unos buenos cinco kilos en los primeros tres meses en Estados Unidos. Y como casi todo el mundo también, me propuse volver a mi estado original.
Con tal propósito fue que pagamos membresías, con Federico, en el gimnasio de la Universidad. El gimnasio tiene una configuración muy común aquí, en Estados Unidos: está lleno de máquinas super modernas y variadas, pero casi no tiene personal; ni profesores, ni clases, ni nada. Y prácticamente no hay clases de gimnasia. En Uruguay es exactamente al revés: los gimnasios tienen MONTONES de clases para todos los gustos, pero muchos menos aparatos. Algo análogo sucede con la limpieza, hay máquinas que lo hacen todo pero el servicio doméstico es mucho menos frecuente. Por lo visto acá es más barato comprarse una maquinola, que no aporta al BPS y que uno puede revender, y que reviente la mano de obra cualificada. En fin.
El caso es que demoré un poco en aclimatarme. Nunca antes me había lanzado sola y sin guía a una sala de pesas, máquinas y aparatos. Las bicicletas fijas, las elípticas, las cintas, el remo, las escaleras, las de escalar... esas son las de ejercicio aeróbico. Y después un montonazo de máquinas para desarrollar cuanto músculo se ha descubierto en la anatomía humana.
Sudando la camiseta en las aeróbicas hay un muestrario muy variado de gente, desde veteranos hasta muy jóvenes, obesos y gente que podría modelar en traje de baño. De todo. En las de fuerza no, están todos los Tarzán Gómez (que acá son más bien rubios, pero tienen la misma afinidad a los tatuajes y los cortes de pelo terrajas que tenía vistos de antes).
Tímidamente empecé probando las bicicletas fijas. Me gusta pedalear en la "vida real" (ya hablé de dicha instancia en un artículo previo) así que miré fijamente el monitor y programé. Mi peso, mi edad, elegí un programa casi al azar, y a pedalear. El monitor dice cuánto tiempo uno lleva pedaleando, en qué nivel está (lo cual es relativo) y cuántas calorías lleva quemadas (lo cual a mí me parece de ciencia ficción. Bah). Empecé a pedalear y a meterle cada vez con más ganas, hasta que un día alcancé a 100 cal. en 7:30 minutos - esa vez pedalée por 30 minutos. Otra vez, pedalée 70 minutos. 1 hora 10 minutos sin parar. ¿Qué tal?
Como es necesario mantenerse motivado, en marzo cambié de aparato. Además de pedalear ocasionalmente, me enfrenté a las cintas para correr. Mis intentos previos con el atletismo fueron bastante patéticos, llegando a los 5 minutos creí que iba a reventar. Pero persistí. Mi plan era tratar de correr 30 minutos sin importar la velocidad - esforzarme en no parar, únicamente. Por eso determiné la velocidad mínima tolerable para correr (4 millas por hora - 6,4 km/h) y llegué a 30 minutos sin reventar. Después fui subiendo la velocidad, una décima por vez. La primera vez que corrí a 5 m/h (8km/h) fue el día que cumplí 30 años. Después seguí aumentando, hasta 6 m/h (9,65 km/h), pero mi velocidad preferida son las 5 m/h. Normalmente las máquinas están programadas para ser usadas un máximo de 30 minutos, pero siempre hay alguna para uso ilimitado. Un sábado de mañana llegué temprano y me apropié de la única cinta sin programar, y marqué, 5 m/h. Decidí parar cada 20 minutos para estirar un poco y rellenar la botella de agua, pero básicamente no descansar. Así corrí. Y después, seguí corriendo. Y también un poco más. Pero desgraciadamente me lastimaron los zapatos, así que tuve que parar a los 48 minutos. Correr sí, sufrir no.
Además de correr y pedalear (y ocasionalmente treparme a las máquinas elípticas o a la de remo, otra favorita personal de larga data), un buen día decidí ir a nadar. No sé si alguna vez les comenté, pero de chica, yo nadaba en el plantel de pre entrenamiento de AEBU. Ah aquellos años 80. Desde 1990 hasta ahora he nadado muy esporádicamente, y siempre en piscinas. Si me caigo al agua de un barco puedo nadar hasta la orilla (y hasta sé varias técnicas de socorrismo), pero arriesgarme al santo pepe en el arroyo Solís (como tantos giles que se ahogan verano tras verano), no, paso.
El caso es que decidí empezar a nadar. Lo curioso de nadar es que tiene dos partes: una es que consiste en trasladarse en el agua. La otra, es que hay que hacerlo de una manera correcta: aprovechando eficientemente el esfuerzo y haciéndolo de manera balanceada (mismo esfuerzo del lado derecho e izquierdo del cuerpo). Siempre, en toda piscina libre a la que he concurrido, hay gente (siempre hombres, por cierto), que hacen apenas lo primero y definitivamente no lo segundo. Siempre hay un tipo relativamente atlético, que mete 80 brazadas para recorrer 20 metros, chapoteando, y levantando siempre el mismo brazo. Qué espanto. ¿Por qué nadie le dice a esta gente, por favor muchacho, meté patada, meté el brazo de punta o de codo, braceá abajo del agua (es ahí donde se hace la traslación, no en el aire), y respirá una vez a la derecha y otra a la izquierda? ¡Me parece una actitud tan irresponsable! Pero yo no me animo a ir a decirle a estos belinunes que son un desastre.
Porque por algún motivo misterioso las primeras veces que traté, yo era un belinún más. Nadaba una piscina y me quedaba el cuello tieso. Pero después me acordé (o mejor dicho, mi cuerpo se acordó) de cómo es que se nada bien, y arranqué a nadar un par de piletas más. Y otro par. Y otro. Y un par más. Empecé a superar los máximos que yo recordaba haber nadado alguna vez, cuando entrenaba. 32 piletas, eso son 800 metros. El día que llegué a la pileta número 40 (1 km), la celebré nadando mariposa (sí, sé nadar mariposa). La vez siguiente fueron 48. Y así sigo. El truco es bastante simple y concordante a lo que toda actividad física requiere: no dejar floja ninguna parte del cuerpo porque pesa y contrarresta el movimiento (especialmente los abdominales), alejando los hombros de las orejas. ¿Les suena conocido? ¿No? Bueno, a mí sí.
Así que en conclusión me he transformado en una triatleta de salón, de un triatlón imaginario y por cuotas. Me causa gracia, y un poco de sorpresa. Yo no sabía que podía correr más de 5 minutos, o nadar más de 20 piletas, o pedalear más de 40 minutos.
Más de una vez me surge la pregunta ¿cuál es el límite, cuál es mi límite? Debe estar en algún lado, pero yo creo seriamente, que mi límite está en mi cabeza. No me imagino esforzándome mucho. No, yo no. Mirá si me lastimo o algo.
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1 comentario:
Julia- this is very interesting to read your progress! Good luck if you try the triathalon - its amazing what the body is capable of when pushed to the limit!
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