Alejandro Ribeiro nos fue a buscar al aeropuerto en su auto, con Guillermo y Miranda (para los que no lo sepan, Miranda es la ahijada de Federico). También tenía unos bizcochos espectaculares, por si teníamos hambre. Un genio, el Ale. Nos llevó a su casa, donde dejó hijos, maletas y quien escribe haciendo de niñera, y con Federico fueron al apartamento, donde el de la inmobiliaria nos esperaba para darnos las llaves, el contrato y cobrar el depósito y primer mes de alquiler. Después de un rato en el que rompí un montón de reglas sin saberlo (y me dí una sobredosis de Canal Disney que ni les cuento) volvieron junto a Gabriela y comida china de cena. Terminada la cena, los dueños de casa se fueron a dormir y estos invitados ocuparon los sillones del living sin ningún pudor.
El sábado fue un día de compras. Empezamos en el banco, donde intentamos bastante infructuosamente entender y hacernos entender, pero logramos depositar la plata que llevamos. Después pasamos por una zapatería, seguimos en un lugar donde compramos ropa de cama (una bed-in-a-bag y Miranda nos regaló unas almohadas preciosas), luego en una casa de deportes donde compramos ropa de abrigo, almorzamos en un tenedor libre donde fui derrotada por unos fideos chinos (demasiado picantes para mi paladar) y después fuimos a Ikea, a comprar una cama y un juego de comedor.
Todo aquel que alguna vez haya ido a un local de Ikea teniendo su casa vacía puede entender lo dantesco de la esperiencia. Ikea es una empresa sueca que vende de todo para el hogar al precio más bajo imaginable. Si algo cuesta 100, en Ikea cuesta 60, o con suerte, 40. Pero uno no puede comprarlo todo, y al volver a casa se da cuenta que sobran algunas cosas, y por supuesto, todavía faltan otras. Compramos cama, parrilla, colchón, juego de comedor, sillones, mesas y una miríada de objetos de utilidad entre sólida y cuestionable (algún día les muestro el calzador de botas en una foto), y lo mejor de todo, es que entró todo en un auto 4 puertas en el que viajaban 3 adultos. Eso es Ikea.
El domingo de mañana fuimos a saludar a unos vecinos de Alejandro, Diego y Adriana. Diego también es uruguayo, es compañero del laboratorio de Federico, y me compró la computadora desde la que estoy escribiendo. Muy gentil de su parte, pero obviamente, le devolvimos el importe ipso facto. Almorzamos en un lugar muy cheto llamado "Panera Bread" donde tomamos unas sopas de tomate como para que le vuelva a uno el alma al cuerpo después de caminar por el invierno minnesotano un rato, y el resto del día lo pasamos armando los muebles (porque obvio, vienen todos en cajitas, sinó cómo cabrían en el auto de Alejandro). Fefo y Ale tienen todo el mérito carpinteril, mientras Gabriela entretuvo a Guillermo y yo desarmé las valijas con ayuda de Miranda. Al final de la tarde los Ribeiro se retiraron exhaustos y nosotros nos quedamos, en la primera noche en el apartamento.