Resulta que hace como tres semanas estaba leyendo en la cama antes de dormirme y luego de rascarme sobre la cadera me di cuenta que tenía una irritación. Como soy una persona responsable, tomé nota mental de no rascarme más y me olvidé del asunto.
Un par de días más tarde, al vestirme sin querer me raspé un poquito y vi que estaba un poco más colorado que antes, pero seguía la misma extensión, y no me molestaba mucho más que eso. Eché crema Nivea (parece grasa de foca y de seguro lo es), y me volví a olvidar de la cuestión.
Varios días más tarde, después de bañarme, descubrí que había ampollitas diminutas. Me divertí un rato haciéndolas explotar y escuchando el plssssss mínimo, eché más crema (porque me sentía medio culpable), y lo dejé existir.
En un ataque de autocompasión, un día me puse un algodón y una curita.
Otro día, le mostré a Fefo. Mirá, le dije. ¿Qué será? Ni idea.
Bueno, se curó casi por completo y no tengo mucho más comentario al respecto. Salvo porque en la última visita al médico con Federico (aquejado de varicela hace una semana, por si no se enteraron), se me ocurrió mostrarle los últimos rastros al médico tratante.
Ah, those are shingles. The same virus as chickenpox. En cristiano: era culebrilla, y causado por el mismo virus de la varicela. O sea que la contagiadora fui yo.
De vuelta a casa pensé todo el tiempo en una variante perversa del villancico, shingle bells, shingle bells.
Y eso que no tenía más extensión que una curita, y casi ni me picó ni nada. Será que por acá no tenemos ninguna bruja que me deshaga el gualicho, digo yo.