miércoles, 23 de diciembre de 2009

La vida imita al arte, o Saki era un genio

Me encanta H. H. Munro, un escritor inglés que nació en la India y murió en 1917, en una de las tantas batallas de la Primera Guerra Mundial. Tanto talento desperdiciado...

En fin, siempre que llega Navidad me acuerdo de este cuento, fantástico, que me ha hecho reír hasta el descontrol. Porque aunque fue escrito hace más de 100 años, tiene una vigencia absoluta, creo yo.

Más abajo, mi traducción de "Reginald on Christmas presents". ¡Disfruten!

---
Reginald opina sobre los regalos de Navidad

Quiero que quede completamente entendido (dijo Reginald) que no quiero un libro de oraciones de "George, Príncipe de Gales" como regalo de Navidad. No puedo hacer énfasis suficiente en esta afirmación.

Debería haber (continuó) clases de educación técnica en la ciencia de hacer regalos. Nadie parece tener ni la más pálida idea de lo que los demás quieren, y las ideas prevalentes en el asunto no son adjudicables a una comunidad civilizada.

Tenemos, por ejemplo, a la prima del campo que "sabe que una corbata siempre viene bien", y te envía un horror a lunares que sólo podrías usar en secreto o en Tottenham Court Road. Hubiera venido bien si se la hubiera quedado para atar los arbustos de moras, donde hubiera servido al doble propósito de sostener las ramas y aterrorizar a los pájaros- porque es un hecho conocido que el vulgar gorrión tiene un gusto estético más sólido que el promedio de las primas del campo.

Por otra parte están las tías. Siempre son una clase difícil de tratar en la cuestión de regalos. El problema es que uno nunca las conoce lo suficientemente jóvenes. Para cuando uno las ha educado en la apreciación del hecho de que uno nunca usaría mitones rojos de lana en el West End, se mueren, o se pelean con la familia, o hacen algo igualmente desconsiderado. Esta es la razón por la que el suministro de tías entrenadas siempre es tan precario.

Tenemos a mi tía Agatha, par exemple, quien me envió un par de guantes la última Navidad, y llegó tan lejos como elegir un estilo a la moda y con la correcta cantidad de botones. Pero ¡eran tan ostentosos! Se los envié a un muchacho a quien yo odiaba íntimamente: no se los puso, por supuesto, pero bien hubiera podido si la amarga muerte no hubiera llegado. Era casi tan consolador como enviar flores blancas a su funeral. Por supuesto que le escribí a mi tía diciéndole que eran lo que yo había estado esperando para que mi existencia floreciera como una rosa; me temo que me creyó frívolo - ella es del Norte, donde viven con miedo a la Providencia y al Conde de Durham (Reginald declara un exhaustivo conocimiento de asuntos políticos, lo que le otorga una excelente excusa para no discutirlos). Las tías con un toque de influencia extranjera son las más satisfactorias en entender estas cosas; pero si no puedes elegir a tu tía, lo más sabio en el largo plazo es elegirte un regalo y enviarle la factura.

Aún los amigos del mismo grupo de uno, de quienes se podría esperar más atino, tienen curiosos delirios sobre el tema. No estoy coleccionando copias de las versiones más baratas de Omar Kjayyám. Regalé las cuatro últimas que recibí al botones, y me gusta imaginármelo leyéndoselas, con las notas de FitzGerald, a su anciana madre. Los botones siempre tienen madres ancianas; muestra un lindo sentimiento por su parte, creo.

En lo personal, no veo en dónde reside la dificultad de elegir regalos apropiados. Ningún joven que se precie de un gusto refinado podría dejar de apreciar una de esas botellas de licor tan decorativas, que son exhibidas con reverencia en la vidriera de Morel-y no sería en absoluto un problema si uno recibiera duplicados. Y siempre existiría ese momento supremo de temida incertidumbre antes de saber si se trata de créme de menthe o Chartreuse-como la emoción expectante de ver las cartas de los otros jugadores al terminar la partida de brigde. La gente puede decir lo que quiera sobre la decadencia del cristianismo: el sistema religioso que produjo el Chartreuse verde nunca morirá.

Y además, por supuesto, están las copas de licor, y la fruta abrillantada, y las cortinas de tapiz, y montones de otros objetos esenciales que son regalos muy sensatos- por no hablar de lujos, como tener las facturas pagadas o recibir cariño en forma de joyas. A diferencia de la supuesta Buena Mujer de la Biblia, los rubíes están bien para mí. Para quien la conociera, a propósito, debía ser un problema en época de Navidad; nada menos que un cheque hubiera solucionado el asunto. Quizás sea esta la razón por la que cayó en el olvido.

Mi gran encanto (concluyó Reginald), es lo fácil que me contento. Pero tengo un límite, y es el libro de oraciones del Príncipe de Gales.

---

El original, junto con muchos otros, en Read Book Online

1 comentario:

Sr. Nadie dijo...

Hey! Esto sigue! Me perdí un rato. Un día de éstos -con más onda que hoy-, lo leo. Saludos!