El edificio de la biblioteca está en uno de los puntos neurálgicos de Manhattan, en el medio de todo. Como me esta pasando una y otra vez desde que llegamos, no me parecio tan grande como me lo esperaba. Es que, a diferencia de la Biblioteca Nacional uruguaya, esta biblioteca tiene muchísimas sucursales (detesto el término pero es que ellos usan), así que en vez de apretujar y pergeñar ampliaciones adefésicas, los tipos derivan colecciones para otros edificios y mantienen, con natural elegancia el edificio principal abierto para visitantes.
El edificio es majestuoso y está en perfecto estado de conservación. Está limpio, esta bien mantenido, no tiene goteras ni manchas ni carteles pegados con cinta adhesiva, ni sillas de orígenes diversos. No. Estilísticamente está unificado, y los detalles modernos estan disimulados o están en lugares secundarios, sin interrumpir la esencia clásica del recinto.

Creo que es la primera vez que entro a una biblioteca de esas dimensiones y recibo esa impresión de dignidad y pulcritud, y también, amabilidad. No sé, aunque sea mi profesión, a veces las bibliotecas me parecen un poco hostiles... no fue el caso, realmente. Aunque tampoco la usamos, así que no podemos hablar con total propiedad.
No sé nada de arquitectura y es poco lo que puedo describir de la biblioteca desde esa perspectiva. No hicimos el tour sino que fuimos por nuestro propio lado, siguiendo el mapa y deteniéndonos en los detalles que nos llamaban la atención a nosotros y no al guía. Pero hubo un detalle que me impresionó tanto que es lo que me lleva a escribir este post.
La biblioteca fue construida a principios del siglo XX y tiene un estilo neoclásico. Muchos detalles son de marquetería fina, y el mobiliario que usan los bibliotecarios y el público tambien son clásicos. Sillas, escritorios, mostradores y los sacrosantos catálogos de cajoncitos. No sé si todo es auténtico o respetuosa imitación, pero sí puedo afirmar que las sillas no crujen ni estan desvencijadas y que, con las lámparas de vidrios y las de cobre, las ventanas pequeñas, los pisos de monolítico como un salchichón y muy especialmente el verde agua de las paredes de los corredores, me transportaron al apartamento donde vivía la viuda de mi bisabuelo Justino Zavala Muniz, en Duvimioso Terra y Colonia.
Lo mas extraño de la visita fue esperar sentir el olor, creo que mezcla de Chanel 5 y naftalina que emergia de los roperos de Maria Julia cuando con mi hermana, furtivamente, los abriamos para acariciar las mangas de los abrigos y cerrarlos inmediatamente. O imaginarme que si uno abre una ventanita en el baño, el viento brutal de la salida del túnel de 8 de Octubre es capaz de llevarse un avión de papel hacia arriba en vez de hacia abajo. Hasta el ruido de los zapatos sobre el parquet, ese ruido tan incomparable, y una exposición sobre las relaciones entre Francia y Alemania entre 1918 y 1940, con gente lookeada como en las fotos de mi bisabuelo y su esposa, cimentaron esa familiaridad tan peculiar.

Para asegurarme que ese inesperado sentimiento no era una alucinación sino que podía afirmar, que, fehacientemente existe un (tenue, tenuísimo) lazo familiar entre la NYPL y yo me acerqué al catálogo y busqué a todos mis familiares que hubieran publicado un libro. Encontre a dos Zavala, un Demasi y un Lucchini. Y me fui contenta.
Fotos de la visita, aquí: http://picasaweb.google.com/lecumberrydemasi/NewYorkPublicLibrary#

