Mi forma más habitual en esta ciudad de transporte es el sistema público metropolitano de Minneapolis / Saint Paul. El sistema está compuesto por el viejo y querido bondi, y un trencito que lleva al Aeropuerto y al Mall of America (¡el shopping más grande del mundo!).
El ómnibus, nunca me canso de decirlo, es una de las formas más interesantes que hay de conocer una ciudad. No sólo por lo que uno ve afuera del ómnibus, sino también adentro. Las diferencias y similitudes con el transporte montevideano son más que elocuentes, y paso a describir.
Por ejemplo, hay 4 cosas prohibidas en los ómnibus locales, y otra sugerida: está prohibido fumar, comer, escuchar música fuerte, y pararse muy cerca de la puerta; la sugerida es no hablar por celular (de forma estruendosa, supongo). No está prohibido hablar al conductor ni salivar, que son las que siempre me llamaron la atención en Montevideo... supongo que no están prohibidas porque a nadie se le ocurre hacerlo.
Hablando de conductores, al igual que los de Cutcsa, son una raza aparte. Acá los conductores tienen en común que no son muy jóvenes (ninguno aparenta menos de 35 ó 40), y tienen puesto el uniforme de MetroTransit. Por lo demás, son un buen muestrario de la diversidad étnica de este lugar: incluso he visto empleados de turbante y empleadas de velo, empleados con aspecto de leñadores escoceses, con pinta de profesoras de literatura, con raros peinados nuevos o con cara de aburridos.
A diferencia de los guardas de Montevideo acá no usan una monedita ni nada por el estilo (de hecho los tipos no tocan el dinero): tienen un micrófono y hay amplificadores en todo el vehículo, así que si alguien arma relajo en el fondo el conductor puede llamarlo al órden sin tener que moverse. Hace poco me subí a un ómnibus que era conducido por una doble de Helen Mirren, que casi al terminar el trayecto explicó, por el micrófono, que era su último viaje después de 15 años de servicio en la línea. Los viajeros eran casi todos estudiantes, y la conductora dijo que había sido un honor transportarlos a sus clases y a sus hogares todos los días. Concluyó el discurso afirmando que se sentía como un personaje de una serie de TV que miraba cuando era chica y acto seguido, cantó la canción de la cortina musical de la serie; los demás batimos las palmas al ritmo, cantamos los coros y aplaudimos al final. Creo que hasta hubo quien se emocionó al bajarse del ómnibus. Toda una experiencia.
Otra cosa curiosa del transporte público es cierta consecuencia de estar pensado para que pueda usarlo todo el mundo, de forma rápida y sencilla. Uno puede comprar una tarjeta y recargarla, y para pagar alcanza con acercarla a una pantallita, así que no hay que andar con dinero encima. También se puede pagar con monedas, pero hay que llevar la plata justa porque no dan cambio.
Por un lado es fantástico, pero por otro lado a mí me asombra que todos paguen: ancianos, discapacitados, personas con niños pequeños a cuestas. Nadie viaja sin pagar. También me resulta chocante que cuando se arma la fila para subir al ómnibus, nadie cede el lugar a mujeres embarazadas, o que nadie (¡nadie!) ayuda a un ciego siquiera señalándole dónde está la puerta del ómnibus. Ayer iba en un ómnibus lleno y se subió una veterana cargada con bolsas. Le dejé mi asiento y no entendió que se lo dejaba para que se sentara, más bien me miró como a un bicho raro porque nadie cede el asiento, jamás. Ni tampoco la gente agradece a desconocidos. Más bien nadie se habla. No vaya a ser que se malinterprete.
Otra cosa curiosa y que me resulta muy graciosa, es cómo se para la gente en los pasillos cuando todos los asientos están ocupados: mirando no hacia las ventanillas, sino hacia adelante, en fila. ¿Por qué? No tengo ni la menor idea, es más, es bastante incómodo porque los pasillos son medio angostos y normalmente obstruyen el paso. Para bajarse hay que tirar de una piolita (los ómnibus de Montevideo las tienen pero sólo el guarda las usa), y lo extraño es que sólo están pegadas a las ventanillas. Así que ocurre, sí, ocurre, que el viajero al lado de uno de repente te tira un zarpazo a la nariz, que es para pedir la parada.
El transporte público es muy limpio y razonablemente puntual, pero me entristece pensar que ni es rápido ni es tan frecuente como para poder depender alegremente de él, sin pensar seriamente en comprar un vehículo propio cuando la ocasión es propicia. "Go green" y "Save more than the price of gas" son sus lemas, pero son absurdos cuando uno calcula el tiempo que lleva esperarlo y llegar a destino en una metrópolis tan grande como Twin Cities.