Habíamos fantaseado con un auto de ciertas características, pero la verdad es que nuestras preferencias vienen bastante después de nuestras necesidades y oportunidades, así que finalmente compramos lo que la oportunidad trajo y no lo que quizás hubiéramos elegido.

El tromotróculo en cuestión es un Honda Accord de 1996, enorme, cuatro puertas, lustroso, plateado, aerodinámico, con 250.000 kilómetros y un pasacassettero (¿no es fantástico?). En la patria del consumo no hay cosa más fácil de hacer que vender y comprar, así que el domingo nos decidimos, el lunes hablamos con el dueño y nos pasó el contacto de un corredor de seguros, y el martes de tarde lo compramos. El dueño trajo el auto y unos papelitos que firmamos, taca-taca le pagamos al instante con un cheque, y el cuatro ruedas se quedó en el parking del edificio. Y todo esto evitándonos mezclarnos con un car dealer (vendedor de autos), una raza autóctona con mala fama legendaria.
Fefo sacó la licencia de conducir de Minnesota el mes pasado, así que pudimos hacer todos los trámites sin inconvenientes. Les seguiría contando detalles, pero tenemos que ir a una oficina a entregar el papel manuscrito que dice que somos los nuevos dueños del auto. ¡Buen fin de semana!