Edina (pronúnciese idaina) es una de las ciudades de la metrópolis de Saint Paul / Minneapolis, y es lo más coqueto en materia de arquitectura que yo he visto por acá. Las casas no son las más suntuosas, pero son muy lindas y (lo más importante) son distintas entre sí. Los jardines son relativamente pequeños, pero dan la impresión de ser arreglados por dueños orgullosos y no por jardineros contratados, las calles están limpias, y el sol brilla más y mejor (bueno, quizás eso no).
Edina es, por todas estas cosas, el escenario ideal para una feria artesanal que se organiza todos los años sobre una de sus avenidas, y en la que exponen artistas locales y de otros estados. El viernes, sábado y domingo pasado tuvo lugar la 41 edición, y el sábado fuimos con Federico.
Fuimos en auto, lo que fue una elección 75% estúpida: en primer lugar porque la línea 6 (que pasa por la puerta de casa) nos dejaba bien y nos ahorrábamos la nafta, en segundo lugar porque los conductores de la línea 6 saben el camino y nosotros no (y nos perdimos), y en tercer lugar porque no pensábamos comprar nada voluminoso que nos exigiera transporte especial. Por suerte no hubo inconveniente para estacionar, lo que hubiera elevado el porcentaje de estupidez a un 90%. La tarde estaba soleada y calurosa, y al rato de llegar se empezó a nublar. Al rato de pasear por los puestos y locales comerciales de la avenida decidimos irnos, de tipos aburridos que somos nomás. La autopista por la que teníamos que volver estaba cerrada y el desvío nos devolvió al punto de comienzo. Dimos vueltas como un trompo por lugares que ni estaban en nuestro mapa con nombres que no conocíamos, totalmente perdidos, mientras en el horizonte se iba armando un nubarrón de miedo.
Cuando estábamos ya medio orientados y con la certeza de que (de algún modo u otro) nos acercábamos a Minneapolis y no lo contrario, empezó a lloviznar y a levantar viento. Cuando llegamos a casa llovía torrencialmente y se escuchaba la alarma de tornados sonando a lo lejos. Nos metimos en el apartamento, desenchufamos la conexión a internet, guardamos los laptops en sus fundas impermeables y los pusimos en el closet más lejos de las ventanas, y nos sentamos frente a la tele a mirar el canal de noticias.
La única noticia era que estaba cayendo granizo a lo loco en la región sur de la metrópolis, y había alerta de tornados con alta probabilidad. La autopista por la que acabábamos de pasar estaba blanca, con piedras de granizo que llegaban al tamaño de pelotas de golf (acá todo se compara con monedas o con pelotas de algún juego estandarizado), y el meteorólogo explicaba el avance del tornado diciendo que no iba a ser tan grave como el de la semana pasada, que literalmente demolió una ciudad al norte de la metrópolis que se llama Hugo.
Los informativistas no paraban de repetir las indicaciones de seguridad en caso de tornados: si usted está en una casa, aléjese de las ventanas. Si aún no sopla mucho viento cubra la ventana con una sábana para que, si el vidrio explota, no salten vidrios para adentro, y vaya al refugio (subsuelo u habitación sin ventanas). Si usted está en la autopista y no puede seguir avanzando, aléjese de los puentes y de los árboles. Si usted está caminando en una zona descampada busque una cuneta y póngase en cuclillas, protegiéndose la cabeza con las manos. Si usted va por una calle, golpee una puerta y pida refugio. Y si usted está en la Feria Artesanal de Edina, váyase de inmediato que allí está el epicentro.
Nosotros ya nos habíamos ido hacía rato, y por suerte en el auto volvimos un poco más rápido y más seguro que en un ómnibus. Sólo por eso se justificó la elección, aunque parece una verdad universal, nada es del todo bueno ni del todo malo.
¿La Feria? La feria estaba muy linda, vendían artesanías en distintas técnicas y materiales y algunas cosas eran realmente interesantes y novedosas. Pero nosotros somos los mismos roñosos de siempre, y por supuesto, no compramos nada.