viernes, 13 de febrero de 2009

Doméstico en construcción

Al venirnos para acá y quedarnos por un tiempo largo, voluntariamente o no, armamos una casa nueva. Un hogar, un lugar al que llamar nuestro y que, en la medida de lo posible, no sólo satisface nuestras necesidades básicas sino también nuestro gusto. Es algo sobre lo que he reflexionado bastante.

Acerca de lo pasajero y lo permanente. Sobre cuánto vale la pena gastar, invertir, y tolerar. Adaptarse al nuevo ambiente, en parte; adaptar el ambiente a uno, también. Y cómo esa relación es un fenómeno dinámico - cómo uno mismo es un fenómeno dinámico-, y aquello que parecía imprescindible en el pasado ahora es accesorio y vice versa.

Así que hace un año, antes de salir de allá, hicimos una lista de objetos que considerábamos básicos y los trajimos en la valija o los compramos en cuanto llegamos. Ropa de abrigo para el invierno extremo y algunos muebles: mesa y sillas de comedor, sillones y mesitas ratonas, estantería, cama y colchón. Y montones de accesorios, vajilla, artículos de limpieza, ropa de cama... También computadora nueva para mí, con todas las pequeñas grandes opciones (modelo, prestaciones, sistema operativo) y cámara de fotos nueva. Es curioso, curiosímo constatar que "útil" y "necesario" son conceptos independientes: nadie duda de la utilidad de los embudos, pero los que compramos en la primera visita a Ikea siguen impolutos. Los impermeables que nos trajimos no los usamos. Ahorré, no sé, 20 dólares en más de 1.000 que costó la computadora no poniéndole una tapa coqueta y ahora cada vez que la miro pienso, qué cosa más fea.

Útil, ¿pero qué tal acerca de lo necesario? Si mentalmente hiciera una lista de lo que necesito, de lo que verdaderamente necesito a lo largo de un día, de una semana, de un mes o de una estación, es alarmante comprobar con cuántas cosas inútiles (perdón, innecesarias), he acumulado.

Después de terminado el invierno, y la primavera, y el verano, el domus estudiantil se renovó activamente. Muchos de los estudiantes que terminaron sus estudios en las universidades de la metrópolis se volvieron a sus casas, en otras ciudades y otros países. Los basureros rebosaron de muebles y electrodomésticos en perfecto estado, las ofertas en las cooperativas de vivienda atiborraron nuestros ojos. Ahí, llegó de nuevo la pregunta, ¿qué precisamos de esto que están ofreciendo? Y como muchas veces lo ofrecido es gratis, la tentación de llevarse y pensar despúes si nos viene bien, es muy fuerte.

Al igual que Oscar Wilde, nosotros resistimos todo menos la tentación.

Así que hemos sido testigos de cómo nuestra casa, vacía y minimalista hace un año, se ha ido poblando con objetos de variada índole. Y ahora, por suerte, se parece a nuestra casa. O mejor dicho, a una casa nuestra.

Para empezar, nos mataba el eco y las paredes vacías. Así que salimos a la caza y captura de cosas para colgar. Posters, y más recientemente, textiles. Los primeros fueron unas cortinas del mismo color que la pared que nos regalaron los dueños anteriores del auto. No sirven para mucho, pero creo que absorben un poco el ruido, y en verano creo que también aguantan un poco la calor (que acá se pone brava a veces). La pared del comedor tiene una sábana (sí señores, una sábana) con un diseño que a mí me parece africano pero lo compramos en un lugar que se llama Free Tibet. En el mismo lugar compramos un pequeño tapiz bordado y con apliques de espejitos. En otro lugar de influencia tibetana (pega como loco acá, en Minnesota) nos hicimos de tres bufandas que colgamos atrás del respaldo de la cama. Están cortadas como el tujes, pero a mí me gusta cómo quedan. También compramos una alfombra (un momento de debilidad y un precio de $ 7.25), y a la semana nos regalaron otra, ambas de Ikea.

Creo que ya alcanzamos la cuota de textiles necesaria para absorber ruido y temperatura, y una buena cantidad de polvo también.

Nos ofrecieron (y aceptamos, sinó no lo mencionaría) una cajonera de calidad deleznable en estado calamitoso. Tiene las dos marcas inconfundibles de los muebles berretas: 1. enchapado símil madera oscura (como si yo me fuera a creer que eso es de roble macizo), y 2. herrajes símil antiguo. Tiene una tercera, en realidad, y es que mirándolo de frente uno diría que tiene 9 cajones, pero la verdad es que es una obra de arte de trompe l'oeil o mientealojo con 5 cajones. En fin. Monumento a la terrajitud.

Azorada por la constatación de que necesitaba, sí, necesitaba semejante adefesio en mi cotidianeidad, opté por comprar una lata de pintura y tapar su fealdad. Como no lo conseguí, pinté también la cama (y después colgamos las bufandas y uno de los tapices), y como todo es en la misma tonalidad, por lo menos no reclama la atención como antes. También allí radica lo útil. La utilidad de vivir rodeado que cosas que uno no desprecia en voz alta, y cuya creación (o aspecto actual) involucró creatividad y manualidad. De esta forma nos hicimos dueños del dormitorio, adaptándolo no sólo a nuestras necesidades sino a nuestro gusto.

Hay una tercera cosa en el dormitorio que me gustaría mencionar. La ventana da al este, así que nos deleita el sol de la mañana. También nos deleita el foco de la esquina. Vivimos deleitados e iluminados, y la oscuridad para dormir estuvo difícil de conseguir. Dos amigos nos dieron una cortina blackout, pero igual hay luz para los cuatro lados, así que Fefo construyó una cenefa con cartón corrugado. No es lo que se dice el non plus ultra de la elegancia, pero cumple su función perfectamente. Yo lo quise pintar, pero Fefo me sugirió no tocarlo, así que sigue tan campante, color cartón.

Como este apartamento está diseñado para gente que no sabe cocinar, y fue construido en la época en la que los microondas no existían, la cocina casi no tiene espacio para guardar nada, ni tampoco ubicar un horno microondas. Tiene, eso sí, algo muy común aquí: la pileta de la cocina es de proporciones elefantiásicas. Yo creía que era un horror exclusivo de este apartamento, pero no, es una epidemia de desatino. Serán más baratas, digo yo. Así que para suplir la atroz falta de espacio, Fefo trajo tres tablas de al lado de un contenedor de basura (creo que eran de una biblioteca, pero no sé), y armó una mesita auxiliar. Fuimos a una ferretería gigante para buscar algún coso o cosito que ayudara a mantenerla armada y esta servidora, que aunque es incapaz de agarrar un martillo del lado correcto a veces tiene algunas ideas útiles, propuso comprar una chapa de compensado fina y mantener la parte de atrás de la mesa armadita.

Después los costarricences que nos vendieron el auto los ofrecieron un mueble de oficina (esas torres altas con muchos estantecitos como para guardar expedientes), y como no tenemos ni oficina ni expedientes pero platos y vasos sí, lo usamos como mueble de cocina. La cubertera, las tazas, los platos de postre y las asaderas Pyrex tienen cabida en los estantecitos de ese mueble. Que además de todo, tiene unas rueditas invisibles que ayudan a moverlo para limpiar abajo, o para usar el enchufe con otra cosa. Feúcho, sí, pero bien útil. Me propuse ocultar su orgullo enchapado, pero todavía no se me ocurrió una idea practicable.

La semana pasada un conocido malayo que estaba desarmando la casa nos ofreció su microondas y la pequeña estantería para apoyarlo (además de una silla de oficina, la segunda alfombra, una mesita ratona con un simil cajón). Sí a todo!, dijimos, pero la mesita - estantería no tenía cabida en nuestra protococina. Así que el microondas fue a la mesa que armó Fefo, y la mesita... al closet de entrada. Ahora, en vez de microondas, aguanta botas y una caja con bufandas.

No sé si todo el mundo piensa así, o si es la coyuntura de necesidad y urgencia que me hace buscar aplicaciones diferentes al diseño original, aún cuando el diseño original es de mi autoría. La caja de la computadora, a la que le corté dos de las cuatro tapas para hacerle subdivisiones para guardar ropa interior, cuando llegó el monstruo de los cajones, pasó a ser zapatera. Los zapatos que yo uso (chatos e informales) se guardan perfectamente apoyados sobre una punta, y los tengo todos a mano.

Próximamente: fotos, y el nerviosismo de las lámparas.

PS. Publiqué sin querer este post... espero que también reciban la versión final.