Y no es que no me guste usarlos. Llevo casi 30 años apechugando los inviernos con diversas encarnaciones de cebolla humana, pero acá mis tácticas no me sirven porque la calefacción me mata. Y el frío cuando es intenso, se ríe de la ropa interior larga. Ja, ja.
Así que decidí tomar medidas acordes a las circunstancias.
Campera, sí.
Guantes y gorro con tapabocas (una cruza de gorro de lana con pasamontañas de tela polar), también.
Botas de nieve, por supuesto.
Y ahora también... pantalones de nieve.
Ahora voy caminando hasta la Biblioteca o la Librería (si estoy trabajando allí) sin que me duelan las rodillas. En realidad, con este pantalón (que como ven es un enterito), no me entero de nada. Viento cruel, nieve, 25 bajo cero. Ja, ja.
Normalmente abajo porto el atuendo de mi elección y llevo la mochila con un par de zapatos, y cuando llego guardo los guantes y el gorro allí (y si está seco también el pantalón). Trato de llegar 5 minutos antes para pelarme como una banana y no perder la calma. Ni el equilibrio, porque en muchos lugares no hay donde sentarse y de dorapa exige concentración.